domingo, 13 de mayo de 2012

Los signos de la crisis: el drama humano

12-M
Foto: Jorge París  Fuente: 20minutos

Estamos en crisis. Lo sabemos bien, las cifras están ahí: el vertiginoso descenso de los visados, el aumento de empresas en ere y/o liquidación, el imparable aumento en las filas del inem, la insostenible situación de ayuntamientos, la caída de gobiernos enteros, los rescates financieros a entidades bancarias... todo eso que día tras día nos recuerda que estamos inmersos en una pesadilla que ya va durando demasiado y de la que, a estas alturas, deberíamos vislumbrar un final, una chispa de luz al fondo del túnel.
Pero no. Bien al contrario, las noticias cada vez son peores: todos nosotros tenemos contacto con personas afectadas en mayor o menor medida, desde los que perdieron el trabajo al principio de la crisis y todavía no han encontrado nada, gente que ha visto cómo su prestación por desempleo se ha evaporado, familias que han perdido su vivienda, incluso familias con todos sus miembros en el paro.
Esta parte humana de la crisis es la que nos afecta con más fuerza, más allá de datos y cifras macroeconómicas. Ya no nos queda esperanza en la clase política, que parece empeñada en hacer pagar a la población sus errores, imponiendo políticas de recorte sin alternativas para fomentar la reactivación económica y productiva.

En mi caso, he vivido últimamente dos casos que me han impactado más profundamente que todas las noticias de mayor alcance: nacionalización de bancos, países que tras unas elecciones son incapaces de formar gobierno, etc.
El primero fue, hace unos meses, cuando, al salir un domingo de paseo con mi familia, se nos acercó un señor de unos sesenta años pidiendo unos euros para poner gasolina en una estación de servicio próxima. Ya al acercarse me pareció reconocerlo, y sí, era él. Hacía un par de años había sido enviado a nuestra casa a colocar las cortinas que habíamos encargado en un comercio de Barcelona. Lo recordaba como un operario muy profesional y cumplidor. Él no me reconoció a mí. Yo le hablé de lo bien que había hecho su trabajo. No quise ahondar más en su desesperación: verlo así me entristeció mucho. Semanas después lo volví a ver pidiendo cerca de una gasolinera de mi barrio.

Pues bien, la semana pasada acudí a la Secretaría de Vivienda de Barcelona a hacer unas gestiones, y a la salida me abordó un caballero, también de unos sesenta años, bien vestido, con su maletín al hombro, ofreciéndome sus servicios de arquitecto para un certificado de habitabilidad. La manera en que, en plena calle, a la salida de un organismo público, intentaba captar clientes me supuso un fuerte shock, ya que seguramente los de su generación hayan sido los que mejor han vivido de la arquitectura, ya que entonces aún era una profesión con un elevado prestigio social y una gran proyección.

Es cuando se personaliza, cuando se pone rostro a la crisis cuando más te sacude, porque te está enviando un mensaje tan rotundo como inquietante: todos estamos en esto y mañana puedes ser tú quien tenga que salir a la calle a buscarte la vida.

Escrito por: Javier Luna Corento